28 de septiembre de 2026
Villa O'Higgins
8 de julio de 2026
Reloj de arena
Qué sabré yo sobre el devenir.
Qué sabré de lo que no sucede.
Un encuentro fatuo al mediodía
de un jueves cansado y sudoroso.
Con el alma puesta en las ideas
y los pies manchados de trabajo.
Un jueves clásico
donde en la acera duermen perros
y otros espectros vagabundos.
¿Qué sabré si un día jueves
a un tipo noble como yo
a un humano aleatorio
se le revelara Dios?
Como genio de cuento absurdo
y con un chasquido sordo
se revelara en el pan y el vino
y me resolviera la vida.
Dios padre misericordioso.
Dios de los pobres y otros infelices.
Podría ser hoy o quizás otro jueves
en otro lugar sacro,
con otro cuerpo,
con otra vida.
Podría ser mañana.
Y mañana sería un amanecer
con cuencos tibetanos,
con monjes trasnochados,
con las vírgenes que prometió Mahoma
y el congreso de los Santos políticos.
¿Por qué no sería? me pregunto,
Que lo bueno viniera sin deuda,
que lo milagros llegaran sin requisitos,
que la realidad y sus reglas abdicaran
y me dieran al fin
la paz del señor,
antes del día de los juicios
la resaca, los psicotrópicos y las prescripciones.
¿Y si no fuera? Ni mañana ni pasado.
Y lo que se sabe es lo que se revela,
y lo que no es, no es
y los Budas son tatuajes borrosos
y los Cristos son imanes o llaveros
y los jueves son de ocho a seis.
Si el jueves es un día del calendario
y el anhelo es un café mal hecho
entonces descanso en la dirección,
navegando en buques de papel
y transitando descalzo los desiertos
para unirme al club de la razón
al culto del progreso
y al tiempo de los relojes.
21 de abril de 2026
Otoño
Una expedición.
Un aire cargado.
Una tierra sedienta.
Un sol que agoniza.
Un Dios deseado,
acomoda su postura
y mira a otra montaña.
Migrando.
La sombra que se estira.
La virgen que se nubla.
En un centro imaginario
transitan mis pies desconocidos,
dejando que huellas del verano
se olviden bajo las hojas.
El abril de tantos años
tiñe de textura el viento.
El de las cosas que transitan
de un lado al otro
de la muerte a la vida
de la dicha a la miseria.
Recibo el descanso
presente en algún sitio
del ciclo de la vida.
En el silencio de lo que no es
en el abrigo de los recuerdos
mi alma reposa al fin
después de su partida.
Diálogo con el Martin Pescador
Quisiera hablar sobre la vida
¡Que tema! Quizás el único relevante.
¿Para qué somos humanos
sino para sentarnos en una piedra?
Con algún objeto que calme el ansia.
Un objeto que ayude a abstraer
y una contraparte a la cual expresar(se).
Hablar de la vida es contar una historia.
La mejor historia de todas.
Una tragedia de chistes.
Ciencia ficción con espiritualidad.
Una mezcla del viaje del héroe,
en el universo del Samsara
con el juego de la yenga
alcohol y crucifijos en la mesa.
Y la muerte co-protagonista
empujando las piezas.
Había una vez un niño llamado tarea
La maestra dijo Tarea para la casa
y Tarea se retiro de la escuela.
Al llegar a casa vio la ebriedad del padre
con la lujuria de la empleada
Tarea decidió conservar el secreto
y no desintegrar su precario hogar.
Entonces Tarea se hace adulto,
ya no lo molestan en la escuela
tiene un trabajo simple, paga sus cuentas
vive en un arriendo monoambiente.
Abre una cerveza frente al televisor
prende su cigarro
se sirve restos de comida trasnochada
y se pregunta si su vida no es miseria.
Se cuestiona decisiones que no decidió
como aquella mañana fatídica
en que conoció el sexo y la traición
en simultáneo.
¿No habitaría entre miel y abundancia
si hubiera tenido el descaro
de quedarse sentado en su pupitre
y mandar a la mierda a su profesor?
Profesor comediante
víctima de otros juegos oscuros.
Pobre Tarea. Hermoso Tarea.
Condenado como todo mamífero bípedo
Al tormento de las cosas.
A ser efímero y absurdo.
Como tú, como quien suscribe.
Amigo del agua y el vacío.
Ocho años pasaron ya
desde el viaje de las luciérnagas
Luang Prabang en el atardecer.
Versión primitiva de mis conciencias.
creyendo que la felicidad era el final.
Como en los cuentos repetitivos.
Y vivieron felices,
pero no para siempre.
Sino hasta la crisis económica,
la infidelidad, las deudas, la vejez.
Hasta el trabajo rutinario y asfixiante.
Hasta el desinterés y el desamor
y finalmente, el trastorno ansioso depresivo.
Así que Tarea decidió ir a terapia,
creyendo que había otro camino.
Creyendo en el final feliz,
definido por nuestras decisiones
y en el buen dharma justiciero
y otros ficticios insensatos
nacidos de la creatividad humana.
Como el amor y la felicidad.
No hay equidad en esas cosas
ni drogas para el dolor.
Así que vivo en la intensidad,
si la corriente es violenta, nado.
Un poco habituado al miedo.
Cada cierto tiempo giro mis cosas
ni idea, pero me hace sentido.
El dolor es mi dueño.
Me gustaría dejar algunos hijos
heredarles lo que aprendí.
Y ayudar a los que pueda.
a alguno le puedo ser útil.
Después de morir, ojalá volver a nacer
y ser un sauce donde se posen aves.
O nada, también me sirve.
Ojalá no humano,
Pero si toca, ya fue.