Qué sabré yo sobre el devenir.
Qué sabré de lo que no sucede.
Un encuentro fatuo al mediodía
de un jueves cansado y sudoroso.
Con el alma puesta en las ideas
y los pies manchados de trabajo.
Un jueves clásico
donde en la acera duermen perros
y otros espectros vagabundos.
¿Qué sabré si un día jueves
a un tipo noble como yo
a un humano aleatorio
se le revelara Dios?
Como genio de cuento absurdo
y con un chasquido sordo
se revelara en el pan y el vino
y me resolviera la vida.
Dios padre misericordioso.
Dios de los pobres y otros infelices.
Podría ser hoy o quizás otro jueves
en otro lugar sacro,
con otro cuerpo,
con otra vida.
Podría ser mañana.
Y mañana sería un amanecer
con cuencos tibetanos,
con monjes trasnochados,
con las vírgenes que prometió Mahoma
y el congreso de los Santos políticos.
¿Por qué no sería? me pregunto,
Que lo bueno viniera sin deuda,
que lo milagros llegaran sin requisitos,
que la realidad y sus reglas abdicaran
y me dieran al fin
la paz del señor,
antes del día de los juicios
la resaca, los psicotrópicos y las prescripciones.
¿Y si no fuera? Ni mañana ni pasado.
Y lo que se sabe es lo que se revela,
y lo que no es, no es
y los Budas son tatuajes borrosos
y los Cristos son imanes o llaveros
y los jueves son de ocho a seis.
Si el jueves es un día del calendario
y el anhelo es un café mal hecho
entonces descanso en la dirección,
navegando en buques de papel
y transitando descalzo los desiertos
para unirme al club de la razón
al culto del progreso
y al tiempo de los relojes.