4 de febrero de 2018

Segunda Nota de Crecimiento (No Leer)

Me considero un animal educado, bien amaestrado y bastante fino. Me considero de raza noble, casta trascendental y hogar privilegiado. Con un futuro prometedor, dotado de grandes virtudes y vencedor de innumerables batallas de crecimiento evolutivo. Me considero bienaventurado.
Cuando Marion Zimmer Bradley en su novela "Las Nieblas de Avalon" describe el país del estío como el lugar donde habitan las hadas, donde se mantiene lo sagrado, y donde el tiempo transcurre muchísimo mas lento que la tierra, creí que en cierto modo hacía una analogía bastante precisa de mi mentalidad infantil. Así, mi mente de alguna manera se mantuvo atrapada en aquel lugar alejado, de protección y belleza mientras mi cuerpo maduraba en el mundo mortal y los años pulían mis rasgos hacia la vida adulta.
Afortunadamente mis tardes de auto análisis cada mes se hacen mas escasas (razón por la cual, este espacio tiene menos entradas). Sin embargo, cuando mi corazón me pide un alto, mi alegría se toma un descanso y mis emociones se derraman, manchando toda la mesa de mi raciocinio. Es un ritual seguro y prolijo, por lo que aprovecho este lugar para ordenar un poco el torbellino de ideas que se libera de una prisión de manera periódica, pero indefinida.
Me considero un animal educado, pero perdido. Me considero un animal que fue sujetado con tanta fuerza que en el momento en que quitaron su correa para salir a dar un paseo se quedo en el mismo lugar donde lo dejaron. Es mas, incluso la tierra de los caminos daña mis pies, por lo que mis pasos son dolorosos y difíciles al extremo de complicarme de sobremanera en el desafío de avanzar unos metros. Y quizás la resistencia férrea que me da el éxito que hoy me determina, solo es aplicable a un rango y a un contexto que va desde el poste hasta donde se estira la correa que me dominaba. Me considero un niño en el cuerpo de un adulto.
Y es que mi mente se regocijó en el estío por diez años. Y al salir de allí, la madurez de pensamiento supero con creces la madurez emocional que quedo con las hadas. El resultado es claro: hoy se establece una carrera de compensación que cada vez es mas notoria y me evidencia inmaduro, temeroso y triste. Soy como Morgana, que al volver con los humanos notó una Britania envejecida, estable y madura, donde ya no había espacio para las hechiceras y las Diosas.
La novela relata el fin de Morgana: sola, abandonada y olvidada, deja el mundo guardando los secretos de los celtas lejos de la tierra para siempre. Es la sensación exacta que me nace al estar aquí sentado, escribiendo estas palabras. Y quisiera quitarle dramatismo a estas ideas, pero lo cierto es que tengo un sello de seguridad que me mantiene solo hasta el día de hoy, sin amor e inmune a la solidez emocional.
Los veo crecer a todos ustedes, vivos con sus virtudes y defectos. Algunos sin dotes intelectuales, otros sin belleza física. Unos sin sabiduría y otros sin gran sentido común. Incluso, algunos de ustedes adquirieron los vicios de los que siempre mantuve distancia. En pocas y sinceras palabras: los veo crecer carentes de la mayoría de mis virtudes, aquellas que trabajé en la soledad hiriente de mis peores años de adolescencia al extremo de hacer surgir nuevas, y aún así son felices, asquerosamente felices con sus parejas, su contexto pequeño y sus límites.
¿Qué pasa conmigo? La única vez que me sentí plenamente feliz fue un mes del verano del 2008, con el pronóstico de entrar a la escuela de medicina, disfrutando las playas de algarrobo junto a mis mejores amigos y en una relación menos sólida de lo que creía con una chica dos años menor que yo con su sexualidad en duda. Obviamente la experiencia finalizó cuando aquella chica me rechazó pues cayó en la cuenta que el género femenino era su predilecto. El resto de mis experiencias amorosas no han sido mejores. Peor aún, se pronostican igual o peores en el futuro.
Veo el divorcio de mis padres, veiticinco años de matrimonio nefasto, que dejo una cicatriz de seis meses cuando ambos comenzaron con otras parejas. Veo mis veinte años con mas penas que amor y pienso que debo divorciarme también, aunque no tengo tan claro de quien. Veo como mi vida sigue avanzando y sigo dejando cosas pendientes que no logro resolver y que me llevan irremediablemente a ser el espectador de la felicidad ajena.
Para terminar la revisión, dejaré la misma pregunta de siempre: ¿No será mejor ser feliz en lo que tengo? ¿Proyectarme a psiquiatría, al trabajo que me abarque por entero, para finalizar mis días sentado en un sillón, con obesidad extrema y viendo televisión? Puede sonar catastrófico, pero si comer se vuelve una adicción, la televisión llega a ser mas interesante y los pacientes se transforman en la razón de mi vida quizás la felicidad se esconda en el camino que intento evitar con todas mis fuerzas. Por lo pronto sigo siendo un animal joven, distímico y solo, pero uno fiel que no deja de agitar su cola cuando los salvajes corretean cerca de mi estancia.

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