29 de septiembre de 2009

Marcelo

Despues de comer solía levantarse para sentarse ruidosamente sobre el sillón plegable del living a pesar que el resto de los comensales aún siquiera hubiesen probado bocado. Encendia un lucky strike, prendía el canal playboy y se recocijaba admirando el sexo sucio y ruidoso mientras realizaba maniobras que poca explicación necesitan.

Los gemidos brutales de la comedia física resonaban tanto que yo no podía oir las conversaciones que se gestaban en la mesa. Política y mierda se volvían uno solo frente al estruendoso chillido de una experimentada mujer. Pero nadie parecía darle importancia al acto luego que el hombrecito se hundía en su perversión, mas aún, cuando sus miradas se situaban en el lugar que ocupaba parecían atravesarlo como al aire.

Mientras yo trataba de exponer mis sobresalientes logros escolares ante mis padres, el hombrecito se dedicaba a caminar por las paredes y escupir fotografias familiares. Me desesperaba, incluso me irritaba la libertad con la cual le gritaba improperios a mis padres y manchaba los escudos de la familia con sus deshechos. Al contrario de lo que se podría pensar, ahora nadie mas que yo le prestaba atención, pero incluso yo era ignorado. Mis notas eran relegadas al rincon del refrigerador junto con las cuentas y cuando papá finalizaba su almuerzo todos se levantaban a hacer lo que se les diera en gana. Papá se sentaba en su sillón a ver televisión sin reparar en la broma de excrementos que dejó el invitado de piedra y mamá caminaba sobre su vajilla preferida ahora convertida en añicos como quien se desliza sobre el cesped.

Quizas si el libertinaje sin justicia de Marcelo hubiera tenido un límite, yo no habría tenido que volver a encerrarlo en la caja que había bajo mi cama. Porque cuando en su desesperación comenzó a cortarse los dedos con las navajas de colección, opté por recojer sus restos y esconderlo como siempre en aquel rincón de mi memoria.

A pesar que mi imaginación fuera siempre su prisión, Marcelo tenía algo en común conmigo. Ambos fuimos ignorados los domingos en la tarde: el con sus dedos y yo con mi silencio.

Foto: El Falso Espejo (Rene Magritte)

2 comentarios:

elisa...lichazul dijo...

ese hombrecito tiene mutilados los dedos y tu mutilados los domimgos
recuerdos que gotean en palabras que se descuelgan de la soledad que aún habita

un abracito de luz

Merli dijo...

y hay quienes optan por no esconderlo debajo de la cama.


Besos